Rumbeo, ergo sum

En los dos últimos años el cómic – o la novela gráfica como algunos lo prefieren llamar – se ha transformado de una literatura popular a un arte legítimo en Colombia. El éxito de obras autobiográficas  como Maus de Art Spiegelmen (Estados Unidos) y Persépolis de Marani Satrapi (Francia) ha mostrado la potencia que posee ese género para narrar ideas serias y complejas.  La serialización en el New York Time de artistas de cómic como Chris Ware y Daniel Clowes marcó un nuevo paso por el mundo de historieta: las editoriales empezaron a mirar al género como un posible best-seller.

¿Y cómo ha respondido Colombia a la innovación de un arte antes considerado menor? Como me lo explicó un amigo, la gente que lee no lee comics, tanto como no ven televisión. Además, el cómic nunca ha sido un producto autóctono aquí, sino un mercado fértil para importaciones de historietas mexicanas y chilenas como Condorito. Sin embargo, a pesar de la poca tradición de cómic nacional, una red de comiqueros talentosos que se extiende desde Cali a Armenia sigue produciendo obras cada vez más maduras.  Editorial Robot de Medellín, que lleva varios años publicando comics cortos, ahora presenta su primera novela gráfica, Parque del Poblado.  Gracias a una beca de creación, Parque representa su esfuerzo más contundente hasta hoy. La tapa ostenta colores otoñales vívidos en acuarela, cálidos, tantocomo la historia que cuenta.

El Parque del Poblado se trata de una amistad entre un viejo grupo de rumberos que suelen pasar su vida nocturna en aquella zona chic de la capital antioqueña.  El protagonista, Rafael, vuelve a su Medellín nativo después un viaje por Europa para encontrarse con el “parche” de siempre, solo que se da cuenta de que ahora son los más viejos en el Parque.  La pregunta es básicamente para los hombres treintañeros: ¿quién soy ahora que no soy joven?

La propuesta artística es buena: dibujos de carbón en líneas fijas, sobre un fondo negro, con detalle mínimo.  Las caricaturas son a la vez sencillas para mover la narrativa, y a la vez suficientemente expresiva para crear subtexto y connotación.  Por ejemplo, una mirada compartida en un cuadro de dos amigos en silencio, que comunica su dificultad de expresarse, también demuestra su angustia existencial.

Sin embargo, a veces la historia en sí se siente asfixiada.  Después de unas veinte páginas de momentos entre “parceros” llegamos al clímax de la historia, y sin duda el mejor momento del cómic, cuando un amigo le cuenta a Rafael de manera casual un incidente en el hospital donde trabaja. Un paciente “encalambrao” explica que se ha metido tanta cocaína que quiere matar a “mucha gente”.  El médico logra calmarlo y sobrevive al tomar un trago para olvidárselo esa noche.  Joni B. yuxtapone esa violencia real con una muy juvenil y sentimental, cuando Rafael finge disparar al corazón de un amigo.  El gesto es indicativo de toda la frustración que se siente el “parche” agobiado por su círculo social pueblerino y chiquito.

Tal como pasa con el nuevo cine colombiano, la flaqueza de este hermoso cómic es su guión y el ritmo de la narrativa.  La buena noticia es que todo indica que eso se arregla con el tiempo y mucha práctica.  Ojalá que tenga la audiencia que necesite para apoyarlo.

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