Encontrar a Victor Albacarrín

Cali es una de las muchas ciudades del mundo donde sus habitantes se quejan de una falta de el signicante flotante, la cultura. Pues en mi último paseo a esa ciudad, no solamente escuché una lectura de ¨Balada de los búhos estáticos¨ del gran amigo de prostibulos, León de Greiff, frente a un búho mascota también visité Museo La Tertulia.

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Debo decir que los museos más pequeños para mí son los mejores. Los monstruos donde crecí en Nueva York son inmanejables y siempre toteados de turistas. Es que son pocos los consumidores del arte contemporáneo. Muchos de los que van a museos son de alguna manera parte de la industria, o como es común en Colombia, amigos del artista. Se evidenciaba eso cuando mi grupo de tres personas eran las únicas ese sábado. Mientras tanto, quería ir donde se presentaba el Festival de Performance ese día en las afueras de Cali. Afortunadamente, vimos en el mapa que existía también una sala de exposiciones temporales.

Dentro de la sala había otros dos espectadores – y ni siquiera se conocían. En el centro de la sala una triptica de televisiones con auriculares. En una esquina una mesa chiquita repleta con cuadernos de notas y dibujos, algunos con poemas, o letras para canciones. Descubrí que eso era el cuarto de Victor Albacarrin, basicamente eso era su vida – un cholado (sorry) de dibujos tipo diseño gráfico, unos afiches, una proyección (de la que no me acuerdo) y un espejo grafiteado con pasta de dientes, con el mensaje, ¨VOS QUE NO TENÉS VERGUENZA ¡MIRÁTE!¨

Y la verdad, a mirarme, sí.

Comencé con los videos. Uno se trataba de una exposición en el MAMBO. Albacarrin y otros dos tipos salen con pinta tropipop ochentera menos las pasamontañas que llevaban donden salían unas flores rosadas. En el libro acompañante, ¨El tratameniento de las contracciónes que acompaña la exposición¨, el artista explica la concepción de tal puesto. Otro video es del Festival de Performance de Cali de años previos. En este, Albacarrin y su colectivo muestra la limpieza social, lavando gente en la calle.

Me gustó tanto la exposición que le pregunté al vigilante a cómo eran los libros. ¨No, eso no se vende hasta mañana¨. Procesaba lo ilogica de la respuesta hasta que le dije que iba a preguntar a la que me parecía la directora. Ella me dijo que no sabía, pero los había regalado a otras personas. Dame uno, dame uno, pensé. Y en fin me dieron uno. El libro es una colleción de ensayos críticos basicamente, con un prólogo tipo collage por Lucas Ospina (o no y era chiste y no entendí).

De alguna manera la fragmentación, la imposiblidad de la coherencia, se aumentó con leer el libro. Ahora, el show tenía voz y la voz pesa mucho más que la imagen. Tiene muy pocas posibilidades. En un tono mayormente irónico-desdeñoso, Albacarrin le mete mano a la industria cultural colombiana de la que forma una parte integral como profesor, artista, y de vez en cuando escritor en las pocas revistas culturales de la capital. Su crítica – aunque muy válida desde la corrupción hasta la banalidad-comercialidad de las estatuas vacas – suena muy conocida.

Puede ser que la condición posmoderna, aunada con una industria cultural colonial en muchos sentidos, frusta una expresión artística a tal punto que la autenticidad, el virtuosísmo, el ser no fragmentado es casi imposible. Sin embargo, no quiere decir que hay otras areas de significación como el pasado, o la neutralidad de que hablaba Barthes al final de su vida.

El ensayo ¨Olmeco¨ se trata de Francis Alys, el artista belga que vive en México. Su obra cumple con el anhelo de Albacarrin de no pertenecer a una nacionalidad. Sin embargo, en esta versión Francis Alys – nunca nombrado el en ensayo – es un indigena revolucionario que se llama Olmeco. Aparentemente la retrospectiva que mostraba el MOMA hace dos años, había venido a Bogotá primero; sin embargo apenas provoca la admiración que encontramos en la reseñas de la exposición en Nueva York. Albacarrin cita la respuesta de un lector colombiano de la reseña, ¨Bogotá no es Nueva York, mariqui, y usted no estuvo allá de paseo para chicanear¨.

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El ensayito o ecrit más polémico de la antología para mí era ¨Manuscrito siniestro¨. En el Albacarrin lamenta la falta de una intervención en un modelo cuasi-althusseriano, ¨ -ideología-arte¨ . Si las escuelas de arte son buenas en algo es la teoría social – debe por lo menos – y aparentemente faltó un toque de Bourdieu, Foucault, Deleuze-Guatarri, para no mencionar toda la escuela Obraista. El cambio social no debe ser de un sólo sector de la sociedad a la visión clásica marxista (debates entre quien es la vanguardia, el proletariado úrbano, o el proletariado campesino según Maoismo, etc. son simplemente anacrónicas); sino de todos los sectores de la sociedad, incluso el que el arte, fuese como es. Y además como bien reconoce la estética se ha aferrado a la vida, así que un cambio debe tener un elemento estético. La triste realidad es que de los artes, las artes plásticas son mucho más progrestistas que las demás.

Su ¨tratmiento de contradicciones¨ por lo menos es honesto, y por un rato interesante. El hecho de que lo encontré un día en Cali, en vez de una rebanada de vacas pintadas, es bueno, pero no sé exactamente para qué.

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